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    Question Crónicas sobre ruedas, la del café en el río.

    Ahora amigos, compartiré con ustedes la carta que me envió un colaborador que conocí en una lunada hace algunos años. Hice algunas correcciones ortográficas, así como confirmación de continuidad del relato.

    Sucedió en octubre de 2002, tenía dos trabajos, el primero como asistente por el día, y por la noche como mesero en un restaurante bar nocturno a la orilla del río santa lucía, en Monterrey. La verdad eran épocas felices; no había compromisos, ni mayores responsabilidades que llevar bien mi contabilidad para pagar el alquiler, mis gastos personales y los mantenimientos de mi motoneta, en aquel entonces una bien conservada Honda Elite color rojo la cual cuidaba mucho por ser un regalo de mi tío Jaime.

    Eso pasó un sábado cualquiera, el día más activo en el restaurante, Además era día de quincena y en esos días el barrio antiguo estaba en su pleno apogeo, era común que la gente llegara a cenar y calentar motores con nosotros, para después continuar su parranda en los antros cercanos. El principal atractivo era la disposición de las mesas a lo largo de la orilla del rio santa lucia que convertía una simple cena en una velada romántica. Se decía en broma y en serio, que nuestro negocio ayudaba a los moteles cercanos a subir su clientela pero en fin, tuvimos lleno total, mis mesas se ocupaban y desocupaban en completa armonía. De pronto, casi a la hora en que comenzábamos a recoger mesas y prepararnos para cerrar, sucedió algo poco común, en la última mesa, una que rara vez se ocupaba por estar en la parte más oscura, se sentó una muchacha sola, era una de mis mesas, me apresuré a atenderla y cuando llegué sentí algo extraño, era como si la muchacha estuviera perdida, pero a la vez como si conociera perfectamente el lugar, de facciones finas, exquisita, era como si en lugar de piel tuviera porcelana cubriéndola, el caso es que jamás la había visto por allí, no era uno de mis clientes habituales y por su vestimenta, un suéter rosado, falda de rombos en color oscuro a los tobillos, y su peinado con un estilo muy distinto, me hizo pensar se trataba de alguna muchacha americana que venía de visita a conocer la zona turística de Monterrey, algo muy común en ese entonces y en esa zona. En un perfecto y educado español, ordenó un café, y me regresó uno de los menús, el otro lo colocó en el lugar disponible frente a ella, así que asumí esperaría a alguien. Le traje su café y no dijo más, me retiré a atender las demás mesas. Con frecuencia echaba un rápido vistazo a la mesa de la solitaria, allí continuaba la solitaria mujer contemplando la serenidad del agua del rio, los reflejos de las luces reflejaban su rostro opaco, perdido, triste diría yo. Poco a poco los clientes se fueron retirando, la música se apagó, en señal para los clientes que continuaban en sus mesas, que teníamos que cerrar las puertas. Entregamos las últimas cuentas y nos dispusimos a cobrar, y cerrar. La señorita del café continuaba en su mesa, así que fui a insinuarle que teníamos que cerrar, pero en cambio, con un semblante preocupado y melancólico me dijo que estaba apenada pero que había olvidado su cartera en casa y que su pareja ya no vendría para pagar la cuenta. La verdad, por un café no me atreví a complicarle más su noche y le dije que no se preocupara, ya me lo pagaría otro día. La muchacha se levantó, me sonrió ampliamente y se retiró.

    Más tarde terminamos turno, nos pagaron y por fin iría a casita. Eran las 3.20 de la madrugada, tomé mi ruta habitual, mi preferida, Washington al poniente, disfrutaba mucho montar en mi motoneta colorada, sentir la brisa recorrer todo mi cuerpo en las solitarias calles nocturnas de aquel monterrey. Comenzó a caer una ligera lluvia y me puse un impermeable amarillo, odiaba manejar en esas condiciones. La lluvia comenzó a caer con un poco más de fuerza por lo que me fui con mucho cuidado, no sería la primera vez ni la última, me sabía de memoria cada bache del trayecto, cada alto, cada alcantarilla, así que avancé con toda precaución por la calle Washington. A pocas calles de allí, empapándose bajo la lluvia y esperando la luz del semáforo de Washington y Zuazua, estaba la misma señorita que atendí y a quien perdoné una taza de café, de pie justo en la esquina, por cortesía la saludé y me regresó un “hola” que sentí como eléctrico, robotizado, le dije que ya iba a casa y que esa era mi ruta de siempre, “yo también voy hacia allá, todo derecho por esta misma calle” dijo, con una voz educada, elegante, casi suspirando al aire. Supuse que esperaba un taxi, y recordé que la muchacha había olvidado su dinero en casa y un tanto preocupado por ella le ofrecí, al menos por educación, llevarla a casa. Yo esperaba un “no”, ¿Qué damita decente aceptaría un aventón de un mesero en una motoneta a las 3.30 de la madrugada? Pues ella, respondió “gracias”, y se aproximó hacia mí. En mi mochila llevaba un rompe vientos extra, se lo presté para protegerla un poco del frío y la lluvia que ya pegaba en la noche. Le ayudé a montarse en la motoneta y avancé por la calle Washington, hacia el poniente. Atravesamos toda la zona conflictiva de bares y cantinas, y otros negocios en completa calma. La verdad es que me sorprendía el hecho de que la motoneta no se “arranara” con el peso de ambos, era como si la señorita flotara o no tuviera peso. La muchacha me susurraba al oído las indicaciones para llegar a su casa, entre la lluvia la oscuridad y las calles desconocidas de la madrugada, llegó un momento en que me perdí, hasta que llegamos a una casa ubicada por la calle espinosa, “más adelante es mi parada”, me detuve donde ella me indicó, y me dio las gracias. “Me llamo Julia” La lluvia caía un poco más fría por lo que dejé que se quedara con el rompe vientos, “mañana puedes venir por él, búscame allí” dijo, señalando el otro lado de la calle y regalándome un tierno y mojado beso en la mejilla “ya te debo un café, el rompe vientos y un paseo, aquí vivo a la vuelta, pero ¡no quiero que se den cuenta la hora a la que regresé!” dijo con su voz susurrante y elegante. Y fue aquí que rápidamente, entre la oscuridad, la lluvia gris y la soledad, la señorita se perdió caminando entre los coches y la lluvia.

    Al dia siguiente llegué hasta aquella casa, en un crucero compré unas flores y las puse entre mis piernas. Cuando llegué al lugar en donde dejé a Julia la noche anterior, ahora con la luz del día pude ver que no parecía ser una casa habitada, y aunque recordaba perfectamente haberla visto entrar a esa casa, una reja con un viejo y enorme candado oxidado impedían mi paso para llamar a la puerta. Incluso había hierba y basura acumulada justo en la entrada. Con una moneda toqué en la reja de hierro forjado, sin que nadie atendiera. Al otro lado se asomó una vecina, “no hay nadie” dijo en un corto y audible grito… Le pregunté por Julia, y la señora, antes de entrar nuevamente a su casa, se limitó a decirme, “ya no vive aquí, búsquela en Washington y 20 de noviembre”. Sin entender nada, monté en mi motoneta y tomé Washington buscando la calle 20 de noviembre. Cuando llegué al cruce no entendí nada, sólo negocios, florerías, y ¿Un panteón? Al principio pensé se trataba de una broma, pero la imagen de ver a Julia entrar a aquella casa no podía borrarla de mi mente, avancé hasta la entrada del panteón, apagué el motor de la motoneta y la dejé justo en la entrada. Caminando entre tumbas, visitantes y árboles, encontré a un empleado barriendo, a quien le pregunté por la señorita Julia. Su actividad se detuvo por unos segundos, como una pausa programada, abrió sus ojos grises y enarcó sus pobladas y blancas cejas; “allá en aquella cruz”, caminé algunos metros y llegué a una tumba, lo primero que vi, mi rompe vientos sobre la lápida, inscrito en ella el nombre de la mujer, nacida en 1908, muerta en 1933. Quedé helado, como una estatua, detrás de mí venía caminando el viejo de la escoba “¿Es suyo?” me preguntó mientras alcanzaba con el palo de su escoba la prenda, aún con algunos restos de agua… -si- dije, en un tímido tono de incredulidad…

    Con una sonrisa paternal, el viejo me miró tiernamente, como comprendiendo mi asombro…. “su marido murió en un accidente laboral en fundidora, ella lo esperaba en el café de siempre y bueno, nunca llegó” Miré por unos segundos al viejo, y, como pensando mi pregunta titubeé, “y ella, bueno, dicen que ella misma terminó con su vida en su casa, vivían por la calle Espinosa”

    El viejo de la escoba no dijo más, y se alejó sin decir más…

    Esa tarde fui al restaurante, esperando, entre otras cosas, encontrar evidencias que me probaran que lo que viví fue algo real, busqué la cuenta de la señorita, y la encontré, allí decía perfectamente “un café americano”, uno de mis amigos meseros se me acercó y le pregunté, -¿¡Viste a la señorita de ayer!?- con rostro serio y sorprendido me dijo, “amigo, esa mesa estuvo sola toda la noche, serviste un café y nadie se sentó en esa mesa”

    Nadie la vió, solo yo, y al parecer la única persona que conocía la historia de Julia era el viejo barrendero, a quien jamás volví a ver en el panteón, igual que Julia, jamás la volví a ver.


    Saludos,

  2. #2
    Registrado
    diciembre-2012
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    Predeterminado

    woow!!!!
    no inventes!
    por ahi hace unos años a mi me sucedio algo parecido, que hasta ahora no se explicar algun dia les contare, pero me transtorno tanto que hasta empeze a ver y a sentir cosas raras en mi casa
    saludos
    Daniel
    Kawasaki EX250 07.
    hyousun GTR 650 09

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